Porque el rey ordena y manda

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¿Que por qué andan estas cosas por acá?

Corrían los 90`s y mi papá básicamente me lavó el cerebro con esta música por mucho tiempo. Simplemente no podemos correr de nuestra infancia

¿Alguna canción, grupo o disco que les haga recordar a su papá?
Simplemente yo no puedo sacar el aura guapachosa de mi padre de mi cabeza

GPS Parental

Soy el único hijo varón de una camada de cuatro crías
Soy el único hijo varón, el menor de una camada de cuatro crías

A pesar de las ventajas de ser niño y de la experiencia que mis padres ya deberían haber acumulado al punto de mi nacimiento, no me salvé de la crítica situación de ir dejando migajas por cuanto lugar visitara.
– Papá necesito ir a hacer un trabajo a casa de un amigo, es importante para la calificación final
– ¿Por qué es en su casa?
– Es que él tiene impresora en su casa
(Mentiras… Tiene alberca)
– ¿Dónde vive?
– En Latitud 34° 36′ 13.359″ (S) Longitud 58° 22′ 53.706″(O)
(Así de precisa necesita la información)
– ¿Quién va a estar en su casa?
– Todos, su mamá, su papá, su abuelita…
– Me anotas como llegar a su casa, su teléfono…
– Pero…
– Mejor yo te llevo, y así su mamá me dice a qué hora te recojo
– …

Y así llegaba yo, con mi papá de la mano, sin traje de baño y con la única intención de trabajar

Viaje Redondo

¿Siente que el pasado le oprime la mollera?
Móntese en el autobús y llegue a donde la conciencia le diga que queda el pueblo
El plan es: Entrar, Pensar, Salir
Eso si, la perdonada y el crecimiento es personal

Vine a Cómala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Cómala.

Juan Rulfo
(1955)

Tácticas de Terror

Muchos temen cuando papá se quita el cinturón
Otros cuando oyen sus pasos cuando se encuentran en la escena del crimen

A mi… Solo me daba verdadero temor no levantarme temprano.

Mi papá iba por la mañana como tiburón esperando el momento indicado para atacar. Si era hora y no estaba en pie, me picaba en las costillas con su dedo. Un dedo fuerte y rígido porque nunca lo pudo volver a mover después de que un perro lo mordió.
Sentir ese toque de la muerte perforando el pulmón era el acabose. Nunca logre resistir más de dos ataques

¿A ustedes cual aparición de su padre les daba mas miedo?

Tears In Heaven

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Tears in Heaven (Lágrimas en el Cielo) es una balada compuesta por Eric Clapton y Will Jennings en memoria de Conor, hijo del primero, quien murió el 20 de marzo de 1991 al caer accidentalmente del piso 53 de un rascacielos en Manhattan, Nueva York, a los 4 años y medio de edad . Escrita 9 meses después del deceso, se transformó en uno de los temas de más éxito de Clapton.

Creo que en situaciones como esta realmente no importa en lo que creamos y en lo que no; solo es cuestión de escuchar la música

Peligroso Desayuno

Cuando entré a la secundaria  me tocó el turno vespertino.

Realmente a pesar del calorón y la explosión latente de hormonas el ambiente era una maravilla. La rutina tenía sus ventajas:
– Te parabas a la hora que querías
(Quisiera en mi caso, porque mi papá me llevaba a dejar a mi hermana a la prepa)
– Podía desayunar alguna cosa del centro
– Me daba la oportunidad de ser un flojo y lavar mi uniforme el mismo día, además del placer de ponerme mi uniforme tieso y caliente recién bajado del tendedero
– Almuerzo en la casa y menú juvenil y escolar para la comida

Pero estar a cargo de un Padre-Madre Molestonja puede hacer que las cosas se salgan de control, sobre todo si literalmente no hay nada para comer. Como todo héroe paternal alguien debía salvar el día.
– ¿Cuántos huevos te comes?
– No sé, los que me hace la Mamá Lila
(Rompe media docena a karatazos)
– Pásame los jitomates
(Los asesina quitándoles todo el jugo y los rebana de forma que parecían una esfera de cristal estrellada con la mayor saña del planeta. Para rematar le echa unos trozos de cebolla que simulaban estar procesados por el rayador de queso)
– ¡Aceite!
(El suficiente para freír una docena de tostadas)
– Condimentos…
(Sal y el ingrediente secreto… Un cubo entero de Knorr Suiza)

Mi plato se veía tentador, humeante, oloroso y cocido irregularmente. El broche de oro, tortillas bien tiesas y morochitas recién salidas del comal
– Chump Chump
– ¿Cómo quedo el huevo?
– Glup Glup
– ______
– ¡Sabroso!

Me tuve que  meter mi almuerzo a cucharadas y rezando porque llegara directo a mi panza… Pero ese cubo de condimento se apelmazaba en mi garganta

Desde ese día mis riñones, corazón y sistema digestivo no volvieron a ser los mismos
Mi padre sonreía
A mi hasta se me cerro el píloro

El Montón

Leí este cuento aproximadamente hace diez años. Recuerdo haberlo encontrado en mi casa en unas fotocopias y lo releí en bastantes ocasiones.

Estoy seguro que muchos estamos en contacto en casos como este, de forma indirecta o indirecta. Quizá sabemos de alguien que cuente una historia similar y tenemos a otros tantos que se guardan la historia para sí mismos

El Montón

 Rodó la canica por tierra, cruzó el círculo trazado con una vara, pasó de largo sin caer en el hoyo. Al hincarme me rompí el pantalón de las rodillas. ¡Pelas! Ya me debes tres canicas. Me preguntó qué quería ser cuando fuera grande. Encarcelado, le dije. Me corrigió: carcelero. No, encarcelado, reafirmé; pienso matar al cabrón de mi padre.

Se me quitaron las ganas de seguir jugando. No tenía caso decir mis cosas. Me arrepentí de haberle contado al Grillo que yo quería matar a mi padre. Por fortuna tiene tan mala memoria que mañana ya lo habrá olvidado.

 Allá en la refresquería junté muchas corcholatas, me las eché a los bolsillos y me puse a correr para oír su ruido, de esa manera ya no escuchaba las voces que traía siempre en la cabeza. Sentí cómo se hacía de noche porque el hambre me crecía oscura; ese dolorcito de siempre que revierte en mi boca un sabor agrio. Me fui para la casa. A la entrada de la vecindad la Márgara mataba ratas con un palo. La vieja como no puede dormir se pasa las noches matando ratas, por eso el cabrón le puso de apodo La Gata, y como tiene la piel grisácea y los ojos amarillos, y como sólo come pan remojado con leche, pues la verdad el apodo le queda muy bien.

 Entré al cuarto y vi las mismas cosas de siempre. Para cualquiera todo eso estaba en desorden, y no, cada cosa estaba en su lugar: los trastos en la estufa y en la mesa. En el rincón, izquierda al fondo, la bacinica. Medicinas, veladoras y papelitos en la repisa. Los quintos encajados en la rendija de la ventana. Las toallas deshilachadas colgadas en los clavos de la pared derecha, ahí junto, la chamarra roja del viejo: hace mucho que ya no se la pone, desde que consiguió la de cuero. En la alacena los kilos de frijoles, la manteca, la sal, el café y el piloncillo. Ahí la estampita de San Judas Tadeo y un vaso con hierbas espanta espíritus, epazote y albahaca. En los rincones los montones de ropa, el costal de carbón, la lata de petróleo…

 Ya era de noche, todos mis hermanos dormían menos la Jacinta, ella le sobaba la espalda a mi mamá. Me serví un plato de frijoles y me los comí muy despacio haciéndome a la idea de que estoy educado (mi bonito juego fantasioso) muy por encima del dolor que produce el hambre. Contuve el gesto animal y lo hice así, despacio como si comer no fuera nutrirse sino desmayarse. Comí de espaldas para no verlos. Luego me viré y los vi: ahí estaban en el suelo, amontonados como cadáveres envueltos en trapos, una mancha color mugre, los miembros confundidos, entrelazados o desparramados, una pierna encima de aquel brazo, unas espaldas, una mano como sola en aquella esquina, tres montones de cabellos, y una cabeza muy visible, la de Juanito, con la boca abierta. Así son mis hermanos todas las noches: algo sucio y sofocado, seres en fragmentos sumergidos en una pesadilla, algo hediondo, espeso y ronco.

 Lupita estaba acostada en la cama, la única cama. Bien envuelta medía apenas medio metro. Tenía los cabellos mojados de sudor, embarrados sobre el rostro. Cualquiera diría que un gran miedo la había empapado.

 Tenía calentura y esa enfermedad que ya le había durado varios días y a la que no sabíamos qué nombre ponerle; ni siquiera la habíamos llevado al doctor para que él nos dijera el nombre de lo que tenía y cómo curarla. Ahí estaba; balbuceaba y se enflaquecía. Yo podía oír ese ruidito; cuando las carnes se enjutan, es muy parecido al ruido de cuando las cosas inútiles, allá en el basurero, pierden su color. A eso sonaba Lupita.

Jacinta, con su masaje, apretaba la carne cansada de mamá, y cabeceaba de sueño. Mi mamá le dijo que se fuera a dormir. Se echó ahí entre los otros. La estructura de los cuerpos se hizo inmensa, tan quietos todos en la desgracia de ser pobres. Sin embargo algo se movía, yo podía saberlo y sentirlo: el hervidero de chinches y piojos, esa crueldad de puntitos miles que sustraen la sangre; vivir y dormir con la plaga como única posesión.

Mamá y yo nos pusimos a platicar de cosas que nos parecían bonitas, que si el rosal de Doña Amada se había logrado, que a Josefina la tuerta le habían traído un niño Dios para que lo vistiera y que las telas eran muy finas, que la niña de Remedios siempre no se llegó a morir y ahora hasta sonreía, que la abuelita de la Petra pintó su silla de blanco. Todo esto lo decíamos mientras ella alisaba la ropa con plancha de carbón.

De vez en vez se apretaba el vientre y disfrazaba una mueca. Ya duérmete, me decía. Yo no dejaba de hablar. No terminó de planchar el montón de ropa, le comenzaron los dolores de parto. Fijé los ojos ahí, en ese globo de angustia que se inflaba y desinflaba, adentro un nuevo hermanito entre agua y sangre, en giro e impulso, separando huesos, abriendo camino.

Así como estaba agarró un montón de ropa de niño y se dispuso a salir. Voy con usted, mamá. Deja, esto es cosa de mujeres, duérmete. El sueño se me había ido muy lejos, sentía ese mismo miedo de todas las veces, esa mano adentro que me apretaba las tripas, unos ojos en el estómago mirando circularmente, tratando de comprender el misterio del nacimiento y de la muerte, y luego ese odio inmenso, explosivo hacia el cabrón de mi padre.

Como se fue sin dejarme acompañarla, desperté a la Jacinta y la hice ir tras ella. Me quedé ahí, con la mirada vaga. Lupita lloró con unos gritos zumbantes, los ojos en blanco, la boca grotesca abierta en fundamental desesperación. Temí que se fuera a morir, sus carnes crujían, su llanto cada vez más atormentado, exacto al de las arañas, pero con volumen. Las arañas lloran en forma horripilante, tan quedito que los hombres no las oyen, sólo algunos como yo y Bernardo el pajarero. Es insoportable y lastimoso, sobre todo cuando lloran de amor y desesperadas se comen su propia tela de araña dejando boquetes para asomarse por ellos en soledad.

Lupita lloraba como araña, traté de calmarla, me acosté con ella y la abracé muy fuerte; me humedeció.

Oí el ruido del barandal, los pasos y la voz aguardientosa del cabrón. Debí de haberme quitado de la cama pero no lo hice. Algo me paralizó: era la rabia, el dolor, el susto, todo junto. De un golpe abrió la puerta. Lo primero que asomó fue su barriga desparramada. Siempre me repugnó su barriga. Me jaló de la cama y me tiró al montón. Quiso hacer lo mismo con Lupita. Le dije que no, que estaba muy enferma. Me contestó que a él eso le importaba un carajo, que la cama era suya, toda para él, para el Papi, para el Rey, y también la botó al suelo. Somnolienta y febril se arrastró como rata escuálida, se pegó a los otros cuerpos y dejó de llorar. Nunca lloraba cuando él estaba en casa, no le daba la gana soltar lo único que podía expresar: llanto.

Él comenzó con sus gritos de todas las noches. Antoniaaa… Y ese vente pa’ la cama, vieja, me reventó los callos y la costra de la herida. A penas y me salió la voz para decirle que se había ido con la partera; ya está naciendo otro niño. Soltó una carcajada gruesa que fue a estrellarse contra el techo. En intervalos reía y canturreaba. Se quedó dormido.

Yo era lo único enteramente vivo entre el montón de fatigados, alerta entre toda aquella respiración múltiple, absorbiendo un aire sucio que había ya pasado por todos los pulmones. La luz movediza de las veladoras manchaba de amarillo los andrajos y los pedazos descubiertos de cuerpos oscuros. Jalé el periódico que sirve para arder el carbón de la estufa. Mi ánimo se fue alterando con los encabezados, con cada letra, sobre el crimen un estallido de sangre; muertos que cruzan el umbral ensangrentados, asesinos cuya substancia es la locura satisfecha: “Mató a su amante a hachazos”, “37 puñaladas le dio el hijo diabólico a su padre porque no le quiso dar diez pesos”, “La descuartizada de Tlanepantla”, “Lo estranguló y lo guardó en el ropero”. Se me confundieron todas las imágenes, aparecían, rebotaban, se disolvían y volvían a ser, concretándose unas, esfumándose otras; la verdad, el sueño, las imágenes de las noticias, los recuerdos: mamá lavando la ropa, el cabrón roncando. El vidrio encajado en el pie mugroso de Roberto. Jacinta bañándose a cubetadas ahí tras la cortina, el cabrón acosándola, Jacinta corriendo desnuda y chorreando agua por toda la casa, huyendo, cruzando la vecindad y refugiándose en el cuarto de la tamalera. La chamarra roja del cabrón colgada siempre. La caída del cabrón sobre la olla de los frijoles, se ardió la espalda; las manos y las bocas de todos comiendo los frijoles del suelo. Los sacos con los pedazos del cadáver descuartizado fueron hallados en el río de aguas negras. Mamá toda golpeada, la olla con trapos hervidos, Malena junto a ella curándola por debajo de la cobija del aborto provocado por la golpiza, los trapos sanguinolentos. Un niño nuevo siempre en casa. Las bocas gritando; hoyos de hambre. Después de matarlo lo descuartizó, lo empaquetó y lo envió por ferrocarril a diferentes provincias. El cabrón revolcándose con mi madre a la fuerza. Consuelo expulsando lombrices. Mis hermanitos girando y frotándose las ropas cuando escuchaban el silbato del afilador para que entrara dinero y suerte a la casa. La barriga del cabrón en primer término. Mi madre con las piernas vendadas.

Algo se me reventó adentro, algo agitado entre las paredes de mi carne. Agarré las tijeras, me deslicé hasta el cabrón y se las encajé con furia. Gritó… Corrí hacia afuera, nunca mis pasos habían sido antes tan veloces, en las plantas de mis pies el tiempo intrépido me empujaba hacia la casa de la partera. Balbuceos y gritos, obligado a disminuir la avanzada en cada esquina. Continuaba con aquella carrera cada vez más rápido y gritando más fuerte: se acabó, mamacita, ya acabé con el cabrón de mi padre. Lo acabé porque nunca supo ni siquiera respetar sus cuarentenas. Lo acabé por lo mucho que la usó, por los muchos hijos que le hizo. ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ! Ahora toda la cama es para usted y para su niño más chiquito, y para los que quepan junto a su cuerpo.

Se acabó; reventadas en el aire las palabras. Al doblar una esquina ahí a mitad de la calle vi a mi mamá acostada en una cama dorada, de sábanas muy blancas, de cobijas suavecitas, de colchas con encajes. Sus trenzas limpias y bien peinadas, rostro claro y sonriente, manos descansadas, camisón blanco, tranquila y feliz. Sentí que las lágrimas me escurrían hasta el cuello

Cuando la viera a ella, le gritaría con estruendo el SE ACABÓ para que sintiera en toda su alma la liberación lograda.

Al llegar a la puerta de la partera corté la velocidad, me puse como pardo, empujé la puerta y entré de puntitas. Ya había dado a luz. Me miró con ternura, con los mismos ojos de la perra aquella a la que el Grillo y yo ayudamos a tener sus perritos, una gratitud muy dolorosa. Me miró como si ya supiera lo que yo había hecho. No grité como lo había pensado. Apenas y me salió la voz. Muy quedito le dije: ya se murió apá. La angustia le apareció en el rostro. Sin pedir ayuda se levantó, cargó a su chiquito, le pagó veinte pesos a la partera y nos fuimos para la casa.

Pensaba en lo que venía: el velorio, el llanto, el conseguir dinero para el entierro, el cabrón en el hoyo aplacado para siempre. La cama para mi mamá, y la tranquilidad…

Se hizo un silencio largo antes de abrir la puerta, el tiempo se quedó muy quieto, detenido en el espanto. Jacinta empujó la puerta. Ahí estaba el cabrón, desnudo, sentado, apenas con un boquete cerca de la clavícula, manchado de sangre seca, miraba con rabia de demonio, me clavó los ojos en la entraña, muy punzantes. Me estremecí. El montón era ahora ojos todos muy espantados, manos apretando las cobijas, labios pegados y secos. Yo no sé qué pájaro se había llevado todos los sentidos del mundo. Nadie hablaba. Paralizados todos como muertos congelados. A mí me salió la voz como con sangre: lo quería muerto para que ya no tocara a mi mamá.

Su mirada tuvo una luz roja de incontinencia. Luego me dijo: ¿crees que te voy a pasar esta carajada? Conque no te gusta que yo me coja a tu mamá… pues es mi vieja, tengo derecho a ella cuantas veces me dé la gana, por encima de ti y de todo este montón. Te voy a aleccionar. Antonia, desnúdate y acuéstate. No, musitó ella. Y Jacinta le dijo que estaba muy mal, que todo había sido muy difícil. Ordenó entonces con mando satánico. Me puso la silla ahí muy junto a la cama y me sentó a la fuerza: para que lo veas todo muy bien y entiendas que lo seguiré haciendo cuando me dé la gana. Pon al escuincle en el montón. Jacinta lo tomó en brazos y se fue a colocar en aquella masa de ojos.

Ella se desvistió sin quitarse la pantaleta abultada por los trapos. La obligó a quitárselo todo. Tenía sangre en las piernas. La tiró en la cama y empezó a hacer aquello. Cerré los ojos. Sentí un bofetón. Ábralos bien y vea. El Papi, el Rey hacía lo de siempre.

Rueda la canica por tierra, cruza el círculo trazado con una vara, pasa de largo sin caer en el hoyo. ¡Perdiste! Oye, y ¿por qué quieres matar a tu padre? A pesar de su mala memoria el Grillo no lo había olvidado. Se me quitaron las ganas de seguir jugando. Por eso me vine aquí, a ver pasar el ferrocarril, a pensar en los bultos, a imaginarme que el cabrón ya está empaquetado.

Adela Fernández
Tomado del libro El perro, sin pie de imprenta, México, 1975

Chicos del Barrio

Una de las cosas que puede perturbar a los padres, por encima del tipo de calzones que uses o tus métodos de organización en tu habitación son… Los amigos

Nunca falla barrer con la mirada antes de emitir el efusivo y acartonado ¡Mucho gusto!
En mi casa todos son bienvenidos. Todos… Punto. Pero nunca faltan las sutiles observaciones que pueden utilizar para referirse a ellos cuando no encuentran el nombre dentro de su cabeza:
– Tu amigo tal que lo cacharon manoseándose en no sé dónde
– Tu amigo este… el que se viste rarito
– Tu amiga que tiene un novio que…

Cuando iban a tocar a mi puerta mi abuela me lo informaba con un grito:
– ¡Ya llegó tu amiga la vampira!
– ¡Ya llegó tu cuate el mafioso!

Eso si, no importa como luces, siempre te ofrecen un vaso de agua seguido de una pregunta incomoda

En su caso ¿Cuál ha sido la reacción más fuerte de su papá ante un nuevo amigo?

Cómo Arruinar Relaciones

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Odio desmedidamente esta canción.

Sería fácil decir que simplemente la detesto. Punto.

Pero cuando iba en la secundaria, en cada junta escolar era el himno de clausura de la reunión.

Entregaban a cada padre una hoja con la letra de la canción y podías escuchar a la profesora animosamente decir:
– Hay que repasar la letra mientras escuchamos la canción.
– ¡Ahora todos vamos a cantarla!

Fuchi
Para mí es una de las peores canciones jamás escritas
La cereza del pastel es tener un recuerdo de los padres moviéndose de lado a lado como Muppet mientras berreaban el positivo mensaje de la música

Trompetada de Sabor

Lunes por la mañana

♪♫♪♫ ♫♪♫♪
White jeans, white shirt
Walked into the room you know you made my eyes burn
It was like, James Dean, for sure
♪♫♪♫ ♫♪♫♪

Típica escena antes de ir al kínder. Un papá que se siente capaz de hacer el trabajo de media hora en 5 minutos y un desayuno por terminar.

Un plato de Korn Flakes porción adulto
– Comete el cereal
– Ya no quiero
– ¡Que te comas el cereal!
– Ya no puedo
– ¡¡¡!!!
– _____

Me saca apresuradamente de mi casa con la ropa impecable. La lógica en ese momento era: “No importa que no tenga el brazo sano si tiene la panza llena”

Ahí va un padre orgulloso que avienta a su hijo antes de que suene la campana
Uno, Dos… One Two Tres Cuatro
Wooly Bully!!!
Todo mi desayuno vomitado en el piso del salón

Nada como ver la cara manchada de tu gatito… Pero los zapatos impecables

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